miércoles, 19 de septiembre de 2012

¡Una Aventura Imperdible!

Por Germán Ortíz

Quisiera compartir en este artículo lo que ha significado para mí trabajar con un equipo de jóvenes voluntarios a lo largo de todo este tiempo.
Ego o delego
Yo no sé usted, pero a mí, en el lugar de Jesús, me hubiese costado ascender a los cielos. ¿Hubiera usted dejado una tarea tan importante en las manos de once hombres que lo había abandonado a la tortura y la muerte hace apenas cuarenta y tres días? Asuntos mucho menores a este me han hecho dudar incontables veces…
¡Por supuesto que delegar cuesta! Pero siempre que miramos al Maestro podemos encontrar la guía y el valor necesarios. Él es el personaje que asume el mayor protagonismo registrado en la historia. Al poco tiempo de haber iniciado su ministerio alcanza una notable popularidad y todos hablan de él. Sin embargo, no se queda solo. Levanta a su alrededor a otros y los desafía a ser parte de su ministerio. Su protagonismo tampoco excluye la práctica de la delegación, pues desde el llamado a los Doce y la misión de los setenta a la gran comisión, pasando por el desafío de alimentar a 5.000, el Gran Maestro… enseña… y delega.

¿A quién? A personas sencillas y hasta toscas, que seguramente nosotros no hubiésemos elegido. El perfil por el que opta no parece ser el de hombres brillantes sino el de seres sinceros que ceden a la corrección. Si usted conoce a alguien así, esté seguro de que puede contar con alguien en quien delegar.

Échele conmigo una mirada a Jesús. Lo invito a que asumamos, una vez más, el papel de aprendices. Dejemos que su actitud y sus hechos nos moldeen a su voluntad ¿Le comparto lo que puedo ver en el Maestro?Conoce la voluntad del Padre Su vida de comunión lo lleva a elegir con acierto, aun cuando pueda no parecerlo para otros. Jesús, en el lugar de Samuel, hubiese ido directo al campo buscando a David… no hubiera perdido tiempo con los hermanos.

Por eso creo firmemente que el hecho de crecer en nuestra comunión con el Padre nos permite estar atentos a su voz e integrar los dones de quienes nos rodean a las tareas que él encarga. Hay un muchacho detrás de aquella oveja marrón que espera cumplir su propósito en la vida. No lo pierda de vista en la multitud del rebaño.

Jesús confía en el poder del Espíritu Santo
Para él no existen los seres irredimibles. Él tiene más confianza en nosotros de la que nosotros depositamos en él. Y esa confianza radica en que sabe lo que Dios puede hacer en y por medio de nosotros.
Cristo está dispuesto a acompañar el proceso. Jesús enseña a sus discípulos a discipular. A lo largo de esos breves tres años, Cristo acompañó a sus discípulos, de manera cercana y accesible, y los guió al conocimiento y a la sabiduría práctica. Pero lo maravilloso es que antes de ascender a los cielos dejó bien claro que sigue comprometido: «Y les aseguro que estaré con ustedes siempre, hasta el fin del mundo.» (Mt 28.20b).

Jesús sabe dar un paso al costado
El mismo líder que envía a los setenta a anunciar la llegada del reino de los cielos, ahora se va con el Padre. Deja para cumplir con la misión a un puñado de hombres que pocos de nosotros hubiésemos considerado preparados. Las razones que yo encuentro para semejante decisión están en los dos puntos anteriores.
Nuestro desafío es crecer en sensibilidad para oír la voz del Padre que nos enseña a delegar las distintas tareas que resulten apropiadas para los diferentes perfiles y dones. He ahí la primera razón que encuentro para trabajar en equipo: se abre la oportunidad concreta de levantar nuevos líderes que prosigan la tarea y la expandan.

Unos a otros
La segunda razón es que, al trabajar en equipo, ingresamos en la escuela de la humildad y la paciencia. La iglesia debe crecer en la experiencia donde todos estemos dispuestos a sujetarnos unos a otros, incluso a aquellos que en algún momento estuvieron bajo nuestra autoridad. Y para esto son necesarias la humildad y la paciencia.
Recordemos que el Señor concede que Pedro sane con su sombra, aun cuando le había negado tan solo unos cuantos meses atrás. La capacidad de nuestro Dios para redimir, incluso en el caso de las peores traiciones, debe enseñarnos a actuar, no con imprudencia, pero sí con gracia.

Compartir la autoridad es una decisión difícil. Sin embargo, nadie realiza una verdadera experiencia de liderazgo hasta que no comparte la autoridad con quien está formando. En nuestro caso, agregaría algo más: el desafío es llegar a la situación de poder estar en sujeción a quien le hemos brindado esos lugares de participación.

Sométanse unos a otros por reverencia a Cristo (Ef 5.2).
En L.A.GR.AM., quienes estamos en autoridad tratamos de aplicar este principio por medio del ejercicio de sujetarnos a nuestros dirigidos en eventos donde podemos trabajar bajo sus órdenes. La experiencia es increíblemente enriquecedora.

Yo me enriquezco, tú te enriqueces…
Todos deberíamos comprender el propósito original de los dones. Estos son capacidades que el Espíritu brinda a los miembros de la iglesia para que esta crezca constantemente. Muchas veces nuestra inmadurez nos lleva a categorizar la importancia de los dones y esa actitud termina por fracturar su convivencia. Por ejemplo, cuando alguien considera más importante el don de la administración que el de la generosidad, está empujando rápidamente a los generosos a organizar su salida del grupo. Alguna faceta de la experiencia espiritual se nos hará lejana y perderemos la capacidad de disfrutar de ella. Como consecuencia, limitamos nuestra posibilidad de crecimiento.
Yo soy maestro, y ese sin duda es mi don más sobresaliente. Por naturaleza yo viviría solamente enseñando (de hecho, ¡muchos sostienen que eso hago!). Si tan solo diera rienda suelta a mis instintos, convertiría a la iglesia en un seminario… descuidaría la oración, la alabanza, la liberación, no daría trascendencia a las expresiones más místicas, ni a las más artísticas y me concentraría plenamente en lo docente. Estoy seguro de que visualizará la fractura. Pronto los demás hermanos con otros dones me detestarían, me dejarían solo y yo perdería la posibilidad de toda la riqueza que ellos tendrían para aportarme.

En L.A.GR.AM. vivimos la tensión que esta tendencia natural genera. Lo que procuramos es alentar a todos en el descubrimiento de sus propios dones y en la valorización de los ajenos. Si comprendemos esta realidad y dejamos que opere en nuestras vidas, experimentaremos la actuación de la multiforme gracia de Dios. Empero, si nos «impermeabilizamos» a las experiencias con las que, simplemente por naturaleza, no nos sentimos cómodos, nos perderemos la oportunidad de bendecir a esta generación en la plenitud que nuestro Señor desea hacerlo.
Para afirmar y promover la variedad de dones es importantísimo encontrar todas las formas que se nos ocurran para mostrar gratitud y valoración a todos los miembros del grupo. Aún más si estos son voluntarios.

El trabajo en equipo es una manera maravillosa de dar entrada a la manifestación plena de todos y cada uno de los dones… y aquí aparece la tercera razón que encuentro para desarrollar un equipo: obtengo una idea más acabada de la Iglesia como cuerpo.
En este sentido es que hemos decidido priorizar los dones y perfiles de quienes participan en el equipo por encima de las tareas por cubrir. Es decir, que por convicción generamos los espacios para que los dones de cada persona se ejerciten de manera espontánea y apasionada. Si algún puesto queda sin cubrir… entonces pedimos que Dios nos envíe la persona con el don indicado para cubrirlo. Hasta que así no suceda esa tarea se posterga.
Sin embargo, cuando Dios nos envía la persona, el área o la tarea tiene motor propio, la delegación se produce con mayor dinámica y plenitud y se siente un respaldo divino que resulta increíblemente potenciador. Lo importante entonces, no es reclutar para mi proyecto personal sino que cada uno esté trabajando donde Dios le pida. En función de eso podemos organizarnos como equipo.

El diferente hace la diferencia
Cuando la mesa de trabajo se conforme de manera amplia nos encontraremos con los problemas lógicos de la diversidad. Recordemos que los doce apóstoles nombrados por Jesús eran realmente distintos unos a otros y es aquí donde creo que es un desacierto juntar solo a personas con perfiles similares, es decir, a aquellos que «se llevan bien» para desarrollar una tarea. El Maestro no parece haberse guiado por ese principio. Los rasgos de los apóstoles parecían por momentos irreconciliables… sin embargo Jesús los llama a trabajar en unidad.
Trabajar con «el diferente» puede ser tortuoso o enriquecedor y la definición de esas posibilidades está casi siempre en nuestro corazón. Incorporarle requiere también la humildad de valorar su aporte y generar el espacio para oírlo. Las diferencias pueden nacer en los dones o perfiles, como lo vimos en el apartado anterior, pero también pueden aparecer por distintos contextos culturales, variados trasfondos de formación doctrinal, diferentes percepciones de la tarea a llevar a cabo, etcétera.
La ausencia del diferente en el equipo nos condena a la observación única por medio de nuestros propios lentes. En cambio, cuando el abordaje de la tarea se hace con un grupo polifacético, es posible recorrer una diversidad de opciones y ser aún más serios en la discusión de los problemas por afrontar. La cuarta razón: El otro, con sus dones y características especiales, enriquece mi vida personal y mejora las condiciones para la tarea.

En lo personal, incorporar en el equipo a personas con perfiles más sensibles, o más administrativos o más místicos que los míos siempre me ha aportado muchísimo y me ha brindado una perspectiva más equilibrada de las cosas. Como también, estar en contacto con hermanos de distintas denominaciones o corrientes teológicas me ha resultado de enorme enriquecimiento.
Claro que la convivencia es todo un tema y por eso es importantísimo ponerse de acuerdo. Las relaciones en el equipo deben estar cimentadas en el amor y la sinceridad. Por eso es importante establecer criterios de trabajo que permitan hacer a un lado a la persona, y concentrar la discusión en las ideas. En otras palabras, puedo discutir ideas, aún acaloradamente, sin que eso afecte mi relación y mi amor con la(s) otra(s) persona(s). Sin embargo, para lograr esto es importantísimo que a la hora de usar adjetivos, estos se refieran a las ideas y no a las personas. Comunicar un desacuerdo con sinceridad y amor, implica poder hacerlo calificando a la idea con cuidado. Aclarar que nuestra opinión sobre la posición de alguien no incluye a la persona resulta un aporte hacia la paz y cuando no hemos actuado así, hemos sido testigos de aflicciones personales que afectaron las relaciones y entorpecieron la tarea. Si esto ocurre es fácil que los observadores ocasionales caigan en la tendencia de tomar partido, fracturando el grupo y generando división.

Trepe por la escalera del conflicto
Infinitas veces, aun sin darnos cuenta, uno de los temas que nos llevan a eludir el trabajo en equipo es nuestro temor al conflicto. Trabajar solo tiene esa agradable experiencia de no tener que discutir más que con uno mismo.
Ya he planteado la riqueza del trabajo en equipo pero nadie debe engañarse: la aparición del conflicto es una realidad innegable. Para enfrentarlo es necesario superar nuestro temor a él y visualizarlo como una oportunidad.
Durante los últimos dos años de trabajo hemos tenido conflictos interpersonales con hermanos hermosos con los que llevamos años de relación. Las sensaciones de dolor, frustración, confusión, incomprensión y otras más se apoderaron de la escena. El temor a la fractura apareció y la idea de renuncia sobrevoló las mentes de uno y de otro lado. La tentación a endurecernos o ablandarnos por demás estuvo presente.

Todo hubiese terminado mal si no hubiéramos considerado la posibilidad de visualizar el conflicto como una oportunidad de crecimiento personal y de superación de las circunstancias. Si nos hubiésemos puesto a combatir entre nosotros en vez de luchar juntos contra la raíz misma del conflicto, habríamos perdido la relación y afectado nuestro ministerio. Mas el hecho de haber descubierto esta posibilidad nos ha mantenido juntos trabajando para nuestro Dios y ha profundizado nuestra relación de manera positiva.
Quisiera animarlo: busque a esas personas en oración; encuéntrelas y hágalas parte de su «equipo» personal. Dios se encuentra mejor capacitado que nadie para trabajar solo y aun así ha decidido sumarlo a usted y a mí a su equipo. ¡Vamos! sumémonos a ese espíritu. Animémonos a la aventura de delegar, crecer y mejorar. Cuando llegue el momento de celebrar habrá todo un equipo para invitar a la fiesta.

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