viernes, 15 de agosto de 2008

Aprovechando al máximo la crítica

Por Donaldo Follis
Parafraseando a Job, los pastores nacen para la crítica como las chispas se levantan para volar en el aire. Sin embargo, cuando se nos critica, muchos de nosotros no manifestamos la paciencia de Job, sino no más bien adoptamos la forma defensiva de un político bajo presión. Y de ahí que muchas veces echamos más leña al fuego en lugar de extinguirlo.
En mi ministerio he luchado para saber cómo responder a la crítica, ante la innegable realidad de su abundancia. He tratado de convertirla de una constante perturbadora a un recurso beneficioso. Cuando la crítica es correcta, personalmente encuentro que lo mejor es admitir mi error y tratar de aprender lo que pueda de ello.
Pocos años atrás, algunos estudiantes querían enseñar en mi clase y estuve de acuerdo En más de una década de trabajo en el seminario había podido enseñar y ayudar a muchos en su preparación para el ministerio, pero nunca había supervisado a otros en su preparación para dar una charla bíblica a cincuenta o sesenta estudiantes.
Cuando a uno de los estudiantes le llegó el momento de dar su charla, estaba tan nervioso que sus piernas le temblaban. Hizo una mala presentación. El lo sabía. Yo también lo sabía. Los líderes estudiantiles también lo sabían. Todos nos sentíamos mal por ello.
Me culparon y con justa razón. En primer lugar, debí haber conversado con los líderes estudiantiles sobre los conferencistas y en segundo lugar, haber supervisado la preparación del estudiante.
Es mejor que reconozca este tipo de errores y que aprenda mi lección. De esa manera, aunque la crítica sea dolorosa, puedo concordar con los críticos y dejar que me ayuden a mejorar en el futuro.


RECORDANDO LA VERDAD GLOBALMENTE
He aprendido, sin embargo, que la mayor parte del tiempo la crítica hecha a mi trabajo es parcialmente verdadera. En ese caso, se requiere otro plan de acción.
Recientemente, después de un sermón, una mujer me dijo: «¡Cuán rápido habló hoy. Casi no pude entenderlo!» Sus palabras me dejaron tieso. Mi tendencia natural es la de concentrarme en la crítica y asumir que todo el mundo sintió lo mismo. Si no me hubiera controlado, mi desánimo pronto me habría llevado a juzgar que el sermón no había valido para nada. Pero al pensar en lo sucedido, me di cuenta de que en realidad su crítica no se trataba de la historia completa. Tuve que recordarme a mí mismo: ¿Cuál es la verdad global aquí? La verdad es que había trabajado duro para preparar mi predicación. Tal vez me equivoqué en parte, hoy. Quizá haya hablado demasiado rápido, por lo que debería tomar nota del comentario y hablar más despacio. Pero otras personas entendieron el mensaje y fueron ayudadas. Esa es otra parte de la verdad.

BUSCANDO AYUDA PARA UNA REVISIÓN
Todos hemos estado en reuniones donde se manejan varios planes de acción, en forma simultánea —algunos, abiertamente, y otros de manera subrepticia. Dentro de la presión de una reunión pública, las personas pueden lanzar comentarios que pueden ser fácilmente interpretados como ataques personales para saber si un comentario es un ataque de este tipo, en primer lugar uno requerirá de otra estrategia.
Es por esa razón que, después de reuniones de esta clase, generalmente voy a un amigo de confianza para que me ayude a revisar lo sucedido. Simplemente nos preguntamos el uno al otro qué fue lo que sucedió en la reunión. Durante media hora revisamos las decisiones, declaraciones y actitudes. ¿Cuáles comentarios estuvieron bien, mal, o parcialmente bien? La revisión me ayuda a colocar todos los comentarios dentro de la perspectiva más acertada que si lo hiciera yo solo, con mis pasiones.


BENDICIENDO A QUIENES NOS PERSIGUEN
En la comisión de misiones de nuestra iglesia se había tomado cierta decisión, pero la tesorera del grupo no había dado su aprobación personal. Tuvimos tres o cuatro discusiones sobre el particular; sin embargo, debí seguir adelante con el programa, ya que la mayoría deseaba ir en esa dirección. Fue así que emitimos un cheque, por lo cual ella pegó el grito al cielo. Me gritó por teléfono y colgó abruptamente. En este caso yo no había incurrido en ninguna falta, pero de cualquier forma me había herido. Me tocaba responder adecuadamente en tal situación.
La mañana siguiente nos encontrábamos en una reunión juntos. Cuando entró a la sala, mi esposa se dirigió hasta donde ella estaba y, abrazándola, inmediatamente le agradeció por todo su trabajo esforzado durante el año. Hablaron de varias cosas tal como si nunca hubiera existido aquella llamada telefónica, y gran parte de su enojo se disipó. Nos llevó unos pocos minutos resolver el malentendido. El amor cubre una multitud de críticas.
Después de once años de ministerio, aún no me acostumbro a la crítica. Pero he aprendido a responder mejor y a sacarle provecho.

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